martes, 6 de agosto de 2013

Santa Teresa de Jesús patrona de los aficionados al ajedrez

( @Pontifex_es  #ajedrez #santa ) Nace en Ávila el 28 de Marzo de 1515, en la casa señorial de Don Alonso Sánchez de Cepeda y Doña Beatriz Dávila de Ahumada. Eran 10 los hermanos de Teresa y 2 los hermanastros, pues su padre tuvo dos hijos en un matrimonio anterior.
Precisamente, Santa Teresa de Jesús estuvo muy unida a este juego. Tanto es así, que en su obra “El camino a la perfección”, escrito entre 1562 y 1564, menciona al ajedrez como un juego lleno de sabiduría, razón por la que es considerada hoy día como la patrona de los ajedrecistas españoles.
 Se trata de una guía de espiritualidad formalmente dirigido a las monjas del monasterio de San José de Ávila, pero que su autora, consciente o inconscientemente, acaba dirigiendo a toda congregación religiosa e incluso a seglares, dado que el momento de reformas y cismas que se viven, le hacen querer extender sus consejos a todos los cristianos.
Al igual que sucede con el Libro de la Vida, escribe esta obra dos veces, pero en esta ocasión sí disponemos de los dos autógrafos, conocidos como el autógrafo de El Escorial y el de Valladolid, por el lugar donde se conservan, pues ambos fueron escritos en San José de Ávila en 1566 y 1567.
La primera redacción (El Escorial) es más espontánea y libre, con muchas expresiones familiares, al pensar la autora que no saldría de su monasterio. La segunda (Valladolid) ya parece pensada para su publicación y es más completa, aumentada y corregida.
Como con otros libros (Vida o Fundaciones) no pone un título inicialmente, ni se publica hasta después de su muerte. Camino de Perfección es el primero en publicarse, un año después de su muerte en 1583.
También coincide en su introducción en verse importunada para escribirlo, por obediencia.
Nos habla en este libro de la reforma recién emprendida, del amor, desasimiento y humildad como bases de la vida comunitaria, del peligro de la honra: “… no hay tóxico que mate, como estas cosas, la perfección.” (Camino de Perfección 12,7)
En la sesión del órgano rector de la Federación Española de Ajedrez del día 2 de Febrero de 1941 en el punto 10º se dió cuenta de que el Sr. Juncosa de Zaragoza y otros aficionados, pedían a la Junta de la FEDA que se designase a Santa Teresa de Jesús como patrona de los aficionados al ajedrez aduciendo los siguientes datos.
Veamos unas de estas menciones:
“El camino a la perfección”
Capitulo 16
De la diferencia que ha de haber en la perfección de la vida de los contemplativos a los que se contentan con oración mental, y cómo es posible algunas veces subir Dios un alma  distraída a perfecta contemplación y la causa de ello. -Es mucho de notar este capítulo y el que viene cabe él (1).
1. Y no os parezca mucho todo esto, que voy entablando el juego, como dicen. Pedísteisme os dijese el principio de oración; yo, hijas, aunque no me llevó Dios por este principio, porque aún no le debo tener de estas virtudes (2), no sé otro. Pues creed que quien no sabe concertar las piezas en el juego de ajedrez, que sabrá mal jugar, y si no sabe dar jaque, no sabrá dar mate. Así me habéis de reprender porque hablo en cosa de juego, no le habiendo en esta casa ni habiéndole de haber. Aquí veréis la madre que os dio Dios, que hasta esta vanidad sabía; mas dicen que es lícito algunas veces. Y cuán lícito será para nosotras esta manera de jugar, y cuán presto, si mucho lo usamos, daremos mate a este Rey divino, que no se nos podrá ir de las manos ni querrá.
2. La dama (3) es la que más guerra le puede hacer en este juego, y todas las otras piezas ayudan. No hay dama que así le haga rendir como la humildad. Esta le trajo del cielo en las entrañas de la Virgen, y con ella le traeremos nosotras de un cabello a nuestras almas (4). Y creed que quien más tuviere, más le tendrá, y quien menos, menos. Porque no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad, ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado.
3. Diréis, mis hijas, "que para qué os hablo en virtudes, que hartos libros tenéis que os las enseñan, que no queréis sino contemplación". -Digo yo que aun si pidierais meditación pudiera hablar de ella y aconsejar a todos la tuvieran, aunque no tengan virtudes; porque es principio para alcanzar todas las virtudes, y cosa que nos va la vida en comenzarla todos los cristianos, y ninguno, por perdido que sea, si Dios le despierta a tan gran bien, lo habrá de dejar, como ya tengo escrito en otra parte (5), y otros muchos que saben lo que escriben, que yo por cierto que no lo sé; Dios lo sabe.
4. Mas contemplación es otra cosa, hijas, que éste es el engaño que todos traemos, que en llegándose uno un rato cada día a pensar sus pecados (que) está obligado a ello si es cristiano de más que nombre), luego dicen es muy contemplativo, y luego le quieren con tan grandes virtudes como está obligado a tener el muy contemplativo, y aun él se quiere, mas yerra. En los principios no supo entablar el juego: pensó bastaba conocer las piezas para dar mate, y es imposible, que no se da este Rey sino a quien se le da del todo.
NOTAS
1 Los cuatro primeros números de este capítulo están tomados de la primera redacción. También en la segunda los incluyó la Autora, pero luego arrancó ella mismas las páginas que los contenían y comenzó con el n. 5. Los cuatro párrafos suprimidos llevan por título: Que trata de cuán necesario ha sido lo que queda dicho para comenzar a tratar de oración.
2 Estas virtudes: humildad y silencio cuando se nos acusa (cf. c. 15, nn. 2-3)).
3 La dama: la reina.
4 Alusión a Ct 4, 9.
5 En Vida c. 8, n. 4 y passim.
Leer el libro “El camino a la perfección”
http://www.mercaba.org/FICHAS/Santos/TdeJesus/camino_perfeccion_00.htm
Hay otros Santos ajedrecistas mas antiguos, que consideraban que jugando con sus frailes era como se sentían mas próximos a Dios, San Genadio, San Rosendo,…


COMENTARIO DE TÓMAS ÁLVAREZ  AL CAPÍTULO 16
 Entablar el juego
Ahora, juguemos...
         Extraño comienzo de capítulo. "Voy entablando el juego". En el ajedrez hay que saber "mover las piezas". "Quien no sabe dar jaque, no sabrá dar mate". Aquí, jugamos a "dar mate a este Rey divino".
         Es inútil que la Autora entrevere una petición de excusa, entre sonrisas y sonrojo. En la casa de don Alonso, Teresa había jugado al ajedrez, quizás apasionadamente. Rabiosamente gozosa de doblegar la cerviz y los humos de sus hermanos, "hidalguetes" con vocación de conquistadores.
         Ahora, sin preámbulos ni rodeos, la imagen del tablero y de las piezas se le mete de rondón en el libro. Con rápida "vuelta a lo divino", ella las pasa de la guerra sobre el tablero al combate ascético del Carmelo. Más o menos así: el tablero y el juego son la vida. Los jugadores, ella y Dios. Las piezas y los movimientos, las virtudes de ella y la táctica secreta de Él. Interesan, sobre todo, dos piezas: del lado de Teresa, la dama; del lado del otro jugador, el rey. En realidad, la dama es ella misma. El rey es Él. Pero en la versión explícita de la escritora, la dama (hoy decimos "la reina" del tablero) es la humildad. Y el rey del otro color, es el amor. Este segundo dato aparecerá luego, capítulo adelante.
        Más que la imaginería de las piezas, importa el objetivo del juego: vencer. Dar jaque mate a Dios. Algo sumamente atrevido, a primera vista. Pero resulta que a Dios se lo rinde sólo cuando uno se rinde a Él. Y eso es "humildad". Se le da jaque mate con la humildad. Como lo hizo la Virgen de la Anunciación. O como la esposa de los Cantares, que logró cautivar al amado con lo más frágil de sí misma, con un cabello de su cabeza.
         Después de explicar esa jugada suya -la baza de la humildad-, Teresa tendrá que explicar al lector la jugada, mucho más difícil, del contrincante: la jugada del amor. Cómo es que el rey se rinde por amor a la dama de la humildad. Pero ahí la sorpresa. Antes de pasar a ese segundo tema, ocurre lo inesperado. Teresa destruye lo escrito. Arranca de su cuaderno todas esas páginas y las arroja al fuego.
¿Por qué romper esas páginas?
         Veamos lo que ocurrió.
         Teresa había desarrollado muy sobriamente el tema en el borrador de su libro (folio 50 del manuscrito del Escorial, y unas líneas del folio anterior).
         Al ponerlas en limpio en el cuaderno definitivo, las desarrolló con gran libertad en ocho o diez páginas (folios 59-63 del autógrafo de Valladolid). Fueron estos cinco folios (diez páginas) los arrancados de cuajo. Los sustituyó con un folio nuevo (diez páginas reducidas a dos), pero descartando de él toda la explicación del juego del ajedrez y de la dama. Sólo este nuevo texto, así mutilado, debería pasar a manos de las lectoras en las copias manuscritas del Camino. Años más tarde, muerta ya la Autora, fray Luis de León no se resignó a omitir la bella imagen del ajedrez, y reinsertó en el texto teresiano las dos páginas del antiguo borrador. Así apareció en su edición de Salamanca (pp. 84-86). Y así reprodujeron el texto teresiano los editores sucesivos, incluso el P. Silverio.
         Pero ¿cuáles son las explicaciones del corte a cercén ejecutado por la Santa? Dos. Helas aquí.
         La primera, bastante probable: que el censor del cuaderno teresiano, teólogo sesudo, no viese correcto hablar de juegos en un libro espiritual. Tanto más que algún moralista de la época declaraba al juego de ajedrez absolutamente inconciliable con la vocación religiosa o clerical.
         Escribía así: "Del juego del ajedrez, el Gabriel (otro moralista del gremio) y otros doctores tienen (afirman) que no pueden jugar a él sin pecado los eclesiásticos y religiosos, porque es juego que cansa mucho el entendimiento y lo embaraza, de arte que no se puede tener devoción y atención al oficio divino que los eclesiásticos son obligados a decir con devoción y atención". (Escribía así Domingo de Valtanás en su libro Apología de los juegos, publicado en Sevilla en 1556).
         Pero el motivo más verosímil del corte a cercén es otro. Más profundo. Desde la primera exposición de la imagen guerrera del juego, Teresa había insistido en la función de la dama. Dios no se rinde sino a quien se le acerca con humildad profunda. (Humildad es andar en verdad. Es disponibilidad absoluta ante Dios y ante los otros). No se rinde Él sino a quien, junto con la humildad, practica otras "virtudes grandes": amor, desasimiento de todo lo criado, mortificación.
         Probablemente esas consideraciones ascéticas fueron alargadas y recalcadas en las ocho o nueve páginas de la nueva redacción. Insistiendo en que Dios no se entrega, ni da la contemplación perfecta, ni la experiencia de su amor, a quien vive "en mal estado", a quien anda sumergido ("perdido") en cosas de la tierra, etc.: no va a mancharse Él dándose a quien está en la charca de los vicios. Ya en otra ocasión había escrito Teresa que Él "quiere a quien le quiere" (Vida 22, 17).
         Fue ese montaje doctrinal el que de pronto se vino abajo.
        Es cierto que el hombre -las lectoras del Camino- no debe incurrir en el absurdo de pretender la experiencia de Dios (la contemplación perfecta) y a la vez vivir a sus anchas en los antípodas de la humildad y las virtudes. Pero ¿no sería igualmente absurdo condicionar a Dios en su amor y en sus dones? ¿No es verdad que Él "ama a todos y no es aceptador de personas"? (Vida 27, 11). Y ¿que sus dones son absolutamente gratuitos? ¿Acaso es verdad que Jesús en el evangelio se negó a los malos, a las ovejas perdidas, a Mateo, a María, a Pablo...?
         Teresa vio claro que la relación entre la humildad nuestra y el amor de Él iba por otro camino. No tan simple como el jaque mate de la dama en el juego de ajedrez.
El nuevo enfoque doctrinal
         El avance del pensamiento de la Autora va a consistir en esto: no modificar su posición sobre la importancia de la humildad y las virtudes en la vida de oración. Pero sí dilatar el espacio y las posibilidades del amor. Sobre todo, del amor de Dios.
         Veamos ese avance, paso a paso.
         En el borrador del libro (capítulo 24 del códice del Escorial) había escrito ella categóricamente: es cosa que "no lleva camino, alma sucia deleitarse con ella la limpieza de los cielos, y el regalo de los ángeles regalarse con cosa que no sea suya". Añadiendo en seguida, no sin cierta dureza: "Pues ya sabemos que, en pecando uno mortalmente es del demonio: con él se puede regalar...; que no faltarán a mi Señor hijos suyos con quien se huelgue sin que ande a tomar los ajenos". De ahí su afirmación rotunda: que Dios ponga a uno de éstos en contemplación, "no lo puedo creer".
        Al revisar su propio manuscrito y reelaborarlo en el texto definitivo, la Santa se encontró a sí misma demasiado categórica.
         Esas afirmaciones ¿no ponían cortapisas y límites humanos al Amor, a la Misericordia y Magnificencia de Dios?
         Muy probablemente, Teresa dialogó sobre el tema con teólogos y espirituales de talla. Reflexionó sobre la carta en que el gran maestro Juan de Ávila enjuiciaba el libro de la Vida. Y ella misma llegó a la conclusión de que también las "ovejas perdidas" eran de Dios (no del demonio), y que el Amor de Él tiene salida y decisiones humanamente irrastreables e imprevisibles. Los casos de Pablo y de "la Magdalena", tan fascinadores para Teresa, la hicieron reflexionar.
         Y en la nueva redacción matizó así sus afirmaciones:
         Primera: "Digo que no vendrá el Rey de la gloria a nuestra alma -digo, a estar unido con ella- si no nos esforzamos a ganar las virtudes grandes". Pero...
         Segunda: "Algunas veces querrá Dios a personas que estén en mal estado hacerles tan gran favor, para sacarlas por este medio de las manos al demonio" (n. 6).
         Tercera: Todavía más tarde, al preparar su manuscrito para la imprenta, retocó de nuevo el texto, dilatando los horizontes de la Misericordia de Dios. "Quiero pues decir que querrá Dios algunas veces hacer tan gran merced a personas que están en el mal estado, que las suba a perfecta contemplación, para sacarlas por este medio de las manos del demonio" (manuscrito de Toledo, p. 43).
         Es posible que al lector de hoy todo ese proceso de retoques y matices le parezcan quisquillas y labor de taracea. No es así. Ni podía serlo para una escritora como Teresa. Por dos motivos: porque en el fondo del tema se jugaba la maravillosa carta de la postura de Dios ante la miseria del hombre: ¿es tacaño Dios con quien le ha vuelto las espaldas? Y..., porque Teresa había vivido todo ese problema a quemarropa.
         Veamos esté segundo aspecto.
Vivido y sufrido por Teresa misma
         Ya lo sabemos. A Teresa le ocurrió como a San Pablo. Que, de pronto, en pleno camino de la vida, se encontró con Cristo Jesús. Y tuvo de Él una experiencia indecible, inabarcable, trasformadora de su ser.
         Aquel hecho era un regalo de Dios, totalmente desproporcionado a la preparación ascética y espiritual de Teresa. Desbordaba todos sus cálculos y expectativas. La humildad, las virtudes, los méritos. La rebasaba por los cuatro costados. Ella misma queda atónita, crispada de estupor: "¡Que hagáis semejantes gracias a una como yo...!".
         Pero lo peor del caso fue que esa dejación entre los quilates espirituales de Teresa y la nueva experiencia cristológica, la descubrieron con mirada sospechosa sus consejeros teólogos. Y se la hicieron pagar cara. Son ellos los que no pueden comprender, ni acaban de admitir que a una como ella se le concedan experiencias cristológicas como a San Pablo o a San Jerónimo... (Vida 38, 1).
         Teresa tendrá que pasar miedos y angustias de conciencia, antes de hacer luz sobre el propio caso y vivirlo serenamente.
         Por fin llegará a la convicción de que los dones de Dios son de una gratuidad incondicionable. Que su amor es loco. Que, en última instancia, Él es la libertad pura. Y cuando el hombre se pregunta "por qué Él reparte sus dones así...", Teresa tiene ya una respuesta drástica. Esta: "Porque quiere y como quiere". "Y aunque no haya en el alma disposición, la dispone (Él) para recibir el bien que Su Majestad le da" (Vida 21, 9).
         Así de claro.
         Años adelante comprenderá ella que cuando Dios otorga su amor -y tal amor- a un pobre, sorprendido por Él en "mal estado", Dios mismo le cambia las tornas. Lo pasa de la noche al día. Porque, eso sí, Dios no concede la gracia de la "unión", la experiencia de su amor, sino redimiendo a uno del abismo del pecado. He aquí un maravilloso pasaje de la Santa: "Sobre darme a entender qué es unión:... No pienses, hija, que es unión estar muy junta conmigo, porque también lo están los que me ofenden, aunque no quieren... - Entendí que unión era este espíritu limpio y levantado de todas las cosas de la tierra; no quedar cosa de él que quiera salir de la voluntad de Dios, sino que de tal manera esté un espíritu y una voluntad conforme con la suya, y un desasimiento de todo, empleado en Dios, que no haya memoria de amor en sí, ni en ninguna cosa criada... - Y paréceme a mí que si esta es unión, está tan hecha una nuestra voluntad y espíritu con el de Dios, que no es posible tenerla quien no esté en estado de gracia (que me habían dicho que sí). Así me parece a mí..." (Relación 29).
Resumamos...
         A las lectoras del Camino -y a nosotros- Teresa en este capítulo nos ha inculcado fundamentalmente dos o tres cosas:
        Primera: sin humildad profunda y virtudes prácticas en la vida, no te hagas ilusiones, no entablas el juego de la oración. Y tanto menos el de la contemplación.
        Segunda: pero cuando este misterioso ajedrez de la vida lo juegas con Dios, convéncete, a Él no le das jaque mate aunque hayas concertado todas las piezas. Es Él quien se entrega por amor.
         Eso sí, su amor es imprevisible, locamente generoso. "Nunca cesa de dar..." (n. 9).
         Tercera: Teresa te repite una vez más su ritornelo: "No se da este Rey sino a quien se le da del todo" (n. 4).

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